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Cuando el metal guarda memoria: Iván Torres y la revitalización de la orfebrería en el Huasco

 Desde su taller-escuela en Vallenar, el artesano transmite conocimientos construidos durante cerca de dos décadas de trabajo con cobre y plata, manteniendo vivo un oficio que conecta creación, identidad territorial, antiguos saberes y nuevas generaciones.

Una lámina de cobre puede parecer apenas un trozo de metal. Pero después de horas de corte, soldadura, lijado y pulido comienza a adquirir forma, brillo y significado. Detrás de cada pieza existe un proceso que requiere conocimiento, dedicación y, sobre todo, paciencia. Es precisamente en ese trabajo minucioso donde Iván Torres ha construido una trayectoria ligada a la orfebrería y a la transmisión de un oficio que hoy busca proyectar hacia nuevas generaciones.

Su relación con el trabajo manual tiene raíces familiares. Su abuelo era herrero y, como ocurría antiguamente, fabricaba sus propias herramientas utilizando la forja. Años después, comenzó a explorar su propio camino en la artesanía, primero trabajando con alambres, semillas y distintos materiales, hasta reunir herramientas y experimentar con nuevas técnicas que terminarían acercándolo definitivamente al trabajo con cobre y plata.

Han pasado alrededor de dos décadas desde aquellos primeros aprendizajes. Una parte importante de esa trayectoria se desarrolló en Alto del Carmen, comuna donde vivió cerca de 13 años y mantuvo su taller. Hace aproximadamente tres años se trasladó a Vallenar y comenzó una nueva etapa, transformando su espacio de trabajo en un taller-escuela dedicado tanto a la creación como a la enseñanza.

«Lo que yo enseño es la experiencia que he tenido y esa información se la traspaso a los alumnos», relató al explicar que buena parte de los conocimientos que hoy comparte nacieron de años de práctica y experimentación con los metales.

El cobre ha ocupado un lugar especialmente importante en ese proceso. Según explica, existen libros que detallan procedimientos para trabajar metales como la plata o el oro, pero encontrar información sobre determinadas técnicas aplicadas al cobre ha sido más difícil. Frente a esa ausencia, la experimentación se convirtió en parte fundamental de su aprendizaje.

Con el tiempo también comenzó a revisar algunos de los procedimientos tradicionalmente utilizados en la orfebrería. En su taller eliminó el uso de ácido sulfúrico y ácido nítrico debido a su toxicidad, incorporando alternativas que le permitieran desarrollar un trabajo más limpio y amigable con el medioambiente. Esas modificaciones forman parte de los conocimientos que actualmente transmite a sus estudiantes.

 

Un oficio que también es cultura

La orfebrería, sin embargo, no representa únicamente una técnica para transformar metales. Desde su mirada, también constituye una expresión cultural que permite reencontrarse con conocimientos y prácticas desarrolladas en el territorio a lo largo del tiempo.

Al hablar del legado del pueblo diaguita, plantea que suele existir un reconocimiento mayor hacia expresiones como la cerámica o los telares, mientras otros oficios permanecen menos visibles. Entre ellos se encuentra precisamente el trabajo con metales.

«Nosotros también somos parte de la cultura. El pueblo diaguita no solo trabajó cerámica o telares, también hizo orfebrería, hizo otros oficios que tal vez no se reconocen. Entonces es como una revitalización de la cultura, porque se están reviviendo técnicas que se habían perdido en el tiempo», destacó Torres al referirse al valor que adquiere recuperar y transmitir estos conocimientos.

Actualmente, esa transmisión se desarrolla a través de su taller-escuela y también mediante un proyecto de Puntos de Cultura Comunitaria junto a la agrupación Puguerá. La iniciativa permite que artesanos pertenecientes a la organización trabajen como monitores y desarrollen sus propuestas. En su caso, la enseñanza está orientada principalmente a compartir su experiencia en la elaboración de joyas de cobre, con una importante participación de personas pertenecientes a comunidades indígenas, aunque los espacios también reciben a otros interesados.

 

La paciencia detrás de cada pieza

Una joya terminada permite observar el resultado, pero pocas veces muestra las horas necesarias para conseguirlo. Cortar, lijar, soldar y pulir son parte de un proceso que exige repetir movimientos, corregir detalles y dedicar tiempo a cada etapa.

Por eso, uno de los principales aprendizajes que busca transmitir va más allá del dominio de las herramientas. «En la orfebrería hay que tener paciencia, tener tiempo, porque al final entre más tiempo uno le dedica a una joya, darle lija, va logrando finalmente un brillo. El oficio tiene muchas horas de lijado, de cortar, de pulir y de muchas cosas que se van sumando», explicó sobre un trabajo donde la dedicación termina reflejándose en cada pieza.

Esa característica también permite entender la orfebrería como un espacio de aprendizaje abierto a diferentes personas. Durante la entrevista recordó especialmente a Leo, quien realizaba trabajos de repujado en cobre y llegó hasta sus talleres interesado en aprender soldadura.

«Él hacía repujado en cobre y quería aprender a soldar. Estuvo haciendo unos talleres conmigo. Leo fue una persona que siempre quedó esperando más talleres de orfebrería porque a él le gustaba mucho», recordó al hablar de una de sus experiencias enseñando el oficio a una persona con discapacidad.

A partir de su experiencia, considera que el trabajo artesanal puede abrirse a públicos diversos. Hombres, mujeres, niños y personas con discapacidad pueden acercarse al oficio y desarrollar distintos aprendizajes, respetando los procesos y capacidades de cada participante.

 

Transmitir para que el conocimiento permanezca

Hoy, su taller-escuela en Vallenar mantiene diferentes instancias de formación durante la semana, además de talleres personalizados. Allí, quienes se acercan pueden aprender técnicas fundamentales como soldar, limar y avanzar progresivamente en la elaboración de sus propias piezas.

Pero entre herramientas, metales y procedimientos existe otro aprendizaje que considera igual de importante. «Uno de los objetivos principales de los talleres es que la persona aprenda a soldar, aprenda a limar y a cultivar la paciencia en esa elaboración del trabajo», señaló sobre una enseñanza donde el proceso adquiere tanto valor como el resultado final.

De esta manera, cada conocimiento compartido permite que una experiencia construida durante años continúe pasando de unas manos a otras. El taller se convierte así en un espacio donde la creación dialoga con la memoria y donde técnicas que podrían desaparecer encuentran nuevos aprendices capaces de mantenerlas vigentes.

Porque detrás de una pieza de cobre o plata no existe solamente un objeto terminado. También están las horas dedicadas a aprender, los conocimientos acumulados, las historias de quienes practicaron el oficio antes y la posibilidad de que alguien más vuelva a tomar las herramientas para continuar ese camino.

Cuando el metal guarda memoria, trabajar una joya también puede convertirse en una manera de mantener viva la cultura.

Esta entrevista forma parte del proyecto «Provincia del Huasco en Todas sus Letras: Historias que unen cultura, diversidad e identidad», iniciativa financiada por el Fondart Regional del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, que busca rescatar y difundir historias vinculadas al patrimonio humano y cultural de la Provincia del Huasco, incorporando una mirada inclusiva y accesible que permita reconocer la diversidad de personas, saberes y experiencias presentes en el territorio

 

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